Recuerdo el regreso de Mylena, pues la había echado mucho en falta.
La esperaba en el aeropuerto, un poco apartada de la gente, por miedo a los empujones, mientras Jose estaba lo + cerca posible de la salida. No sé porqué, recuerdo que vestía de blanco y me pareció preciosa.
Nuestras vidas retomaron el curso normal, yo mejoré y volví a mis actividades.
Rosalia se marchó y Mylena continuó sus estudios. Pero algo había cambiado. Mi ritmo ya no era el de antes, me cansaba, tardaba + en hacer mis tareas, caminaba + lentamente...
Mylena cogió la costumbre de pasar por mi trabajo en la radio, al salir de la facultad, para ayudarme y volver juntas a casa.
Aún así, el verano de 2007 decidí cumplir el deseo de mi hija mayor y viajar a Ibiza. Tras consultar con mi compañera de aventuras (aquella que viajaba conmigo cuando llegué al mundo), que como siempre se mostró entusiasmada, hicimos la reserva de vuelo y hotel.
Pasamos una semana formidable, pero en nuestros paseos yo siempre iba unos pasos por detrás y, ni mi hermana ni mi hija, comprendían que esperase sentada en una terraza mientras ellas iban de tiendas.
De vuelta a Sevilla volví a mis consultas médicas, mi trabajo... y asi fue pasando el resto del año.
Había pedido cita con un neurólogo de la S.S. y me tocaba esperar hasta final de febrero. Mientras tanto seguía viendo al Dr. "X" por cuenta privada.
Llegó el día de la consulta en el hospital.
Un neurólogo me examinó detenidamente y después anunció que no coincidía con el Dr. "X" en el diagnóstico de infarto cerebral, ya que las isquemias eran insignificantes y se localizaban en la parte izquierda de mi cerebro, por lo que deberían afectar al lado derecho de mi cuerpo, y no al izquierdo, tal como era mi caso. Con prudencia pronunció la palabra "Parkinson" que nos dejó a mis hijos y a mí consternados. Nos mandó hacer + pruebas y nos despedimos hasta la próxima cita.
Como anédocta os cuento que Rosalia, ni corta ni perezosa, con la intención de buscar comparativas ante la interminable decisión sobre mi diagnóstico, redactó una especie de circular explicando mi caso y tratando de inepto al neurólogo que me había visto durante meses. La envió a varios especialistas entre los cuales estaba el "inepto", y aunque no decía su nombre, evidentemente se reconoció en la descripción, tanto + que el artículo lo firmaba ella con su nombre y apellido.
El dia 14 de marzo a las 6h de la mañana, como cada día me levanté dispuesta a empezar mi jornada laboral, pero ese día la rutina se rompió al mismo tiempo que la vertebra L.12 de mi columna vertebral.
Estaba haciendo mi cama cuando perdí el equilibrio y caí vertiginosamente de espaldas contra la pared, como si un enemigo invisible me hubiera empujado violentamente.
Oí el estruendo del golpe y ya en el suelo, mientras luchaba contra el desmayo, supe que me había roto algo. Estaba en el trabajo y sabía que tenía que levantarme del suelo como fuera y sin demora. Estudié la forma de darme la vuelta hasta quedar boca abajo, deslizando hasta tener los pies contra el ropero, apoyando los brazos en la cama y haciendo palanca hasta quedar de rodillas.
Luego tomé aliento e impulso, me incorporé, cogí el móvil de la mesita, llamé a mi hija, salí de la habitación, desperté a Angel para que llamara a una compañera y, cuando llegaron mi hija y el novio, nos fuimos al hospital, de donde regresamos 6 horas después en camilla y en ambulancia.
Esa fue mi última noche de trabajo... y el principio del fin.