Esto es algo que escribí el 8 de agosto de 2011. Debió de ser un mal
día en la historia de mi enfermedad. No lo publiqué para no disgustar a
mis hijos. Sólo mi gran amigo Joan lo ha leído, él me comprendía y me
dijo: "Estoy de acuerdo, nuestra vida es una mierda, pero no lo podemos
decir, hay que joderse." Joan ya no está en el mundo, pero sigue en mi vida.
Ahora,
mi familia y yo, ya venimos de vuelta, hemos superado tantos obstáculos
que es como si hubiéramos cruzado el desierto sin una gota de agua. No
creo que se ofusquen por tan poco. Y estoy convencida de que más de uno
de mis compañeros de infortunio, habrá pensado igual.
Vivir así, no es vivir. Me siento aislada en mi mundo, no soy feliz un segundo, mi vida está acabada.
Vivir así... Es caminar a oscuras, nadar en aguas impuras, amar y no ser amada.
Vivir así... Es cruel, es inhumano, y si estuviera en mi mano, si yo pudiera elegir, eligiría morir.
Lo digo sinceramente por más que diga la gente vivir así, no es vivir.
Para disipar un
poco la tensión de la última semana, paso a narrar un episodio
tragicómico del cual fuimos protagonistas mi hermano Arnaldo y yo. Había
llovido durante días y las riberas desbordaban por todas partes
impidiendo el paso de los transeuntes. Mi abuela vivía en el monte
Ruivo, aislada de cualquier medio de abastecimento. Todos los que
tienen mi edad, saben que el pan se fabricaba en casa y era el alimento
base de las familias. Cuando pasó el temporal, mi madre, preocupada por
mis abuelos, tuvo la genial idea de comprar un saco de harina y ponerlo
encima de la burra, nuestra única "riqueza", y mandarnos a mi hermano y a
mí, a llevarla a mi abuela. Yo tenía 9 años y mi hermano 7. Me dijo
que diera la vuelta por el monte "Chada", donde la ribera se se
estrechaba y donde había una "pinguela", especie de puente de piedra que
debía medir 1,50 mts. Una vez llegados allí, me puse a examinar la
situación. El puente se veía a través de unos centímetros de agua,
la carretera de tierra estaba completamente anegada, había riachuelos
todo alrededor, pero el principal obstáculo era pasar el puente debido a
la profundidad en ese lugar. Mientras yo dudaba si arriesgarme a
que nos resbalaramos o volver a casa, un pastor que estaba por allí
cerca, se acercó a nosotros y dijo que no había problema, que él nos
ayudaba, de manera que me sentí respaldada por un adulto...
Le dije a
mi hermano que se quitara las botas, se remangara el pantalón y que
pasara primero. Aún recuerdo el nudo en la garganta... Luego le lancé la
cuerda que, sujeta al "cabestro", servía para dirigir el animal. Una
vez que mi hermano tuvo la cuerda en la mano, empezó a guiar la burra,
para que pasara también y fue cuando ocurrió el accidente. Cuando el animal estaba justo en el medio se resbaló y quedó desparramado, la piedra en la barriga y las
patas para cada lado, totalmente sumergidas en el agua. Después de
varios intentos para sacar al pobre animal de ahí sin resultado alguno,
el hombre vió que una oveja se le iba lejos, y como todos sabemos, las
ovejas "donde va una van todas". Total, que se fue con su rebaño y nos
dejó solos con el problema. En un último esfuerzo, yo como mayor, le
dije a mi hermano que cuando yo le dijera, tirase con todas sus fuerzas y
yo tiraba de la cola hacía arriba. Así hicimos y ¡MILAGRO! La burra se
impulsó y logró ponerse de pie, la barriga y el pecho ensangrentados...
Luego ya alcanzamos la carretera sin más tragedia. Sólo entonces
comprobé que la harina milagrosamente estaba seca. Cuando llegamos, mi
abuela desinfectó las heridas del pobre animalito, y a la tarde nos
acompañó hasta cruzar la ribera, dispuesta a darle el recado al pastor,
pero no le vimos...