20 ene. 2017

Una historia de amor (3ª parte y fin)

(En el desenlace de esta historia entendereis porqué recuerdo cada detalle, cada gesto, cada palabra, cada sonrisa y cada lágrima...)



Tras mi pregunta "¿Es que me tienes espiada?" Manuel se puso serio, cogió mi mano entre las suyas y dijo mirandome a los ojos:

- ¿Sabes que me hiciste sufrir mucho, ¿verdad? No respondías a mis cartas, por mi cumpleaños me enviaste una postal tan neutra que me saltaron las lágrimas, pensé seriamente que había otro...
Yo, hasta ahí callada, asumiendo mi culpa, dije:
- Nunca hubo otro, si fuera el caso te lo hubiera dicho.
- ¿Entonces por qué?
- No sé, estaba cansada de tantas cartas, de no verte ni estar contigo, me divertía con mis amigas y te olvidé un poquito... Perdóname... Pero si es cuestión de meses...

Y  siguió:
- Yo no te espiaba, solo le dije a mi amigo que me avisara si veía algo sospechoso. Cuando recibí el telegrama me temblaban las manos, casi me alegré de leer "Tu novia en el hospital de Faro atropellada, fuera de peligro". Solo tuve que llamar para saber de ti, llamé cada día hasta que me dijeron que te venías esa tarde a Lisboa por eso sabía que estabas aquí. 
Las monjas no me dijeron nada de las llamadas.

Hicimos las paces esa misma tarde. Y durante 2 meses intercambiaba turnos para estar el primero en la puerta a las tres de la tarde. Se quedaba toda la tarde, me traía flores, pasteles, revistas... Nunca habíamos pasado tantas horas juntos...

Le dije muchas veces que no hacía falta venir todos los días y me decía: "Mi amor, tú no sabes lo que quieres, ¿querías verme, no? Pues ahora estoy contigo y no me echarás, digas lo que digas no te librarás de mí". Ponía unas caras tan cómicas que mi risa contagiaba a las demás pacientes. Las enfermeras me aseaban en la cama pero no me podían lavar el pelo, entonces me puse de acuerdo con una chica de mi edad que estaba ahí por un bulto en el pecho, y a escondidas ella trajo recipientes con agua del cuarto de baño, empujó la cama y me lavó la cabeza. Era verano y no había aire acondicionado.
Luego se fue y cuando me sentía el pelo y la cabeza sucia me lo lavaba Manuel con el mismo método, al final nos pillaron pero no nos han reñido, ya eramos parte de la casa.
¿Por qué me quedé tanto tiempo? Pues primero porque yo vivía muy lejos, era una fractura de los 2 huesos, había que colocar una placa dejando los huesos separados para que no me quedara la pierna más corta . Luego me colocaron una escayola desde los dedos hasta casi la ingle, dejando a descubierto la herida. El día de la operación solo vino Manuel, ahí estaba sufriendo por mí, pendiente de mi despertar que fue muy doloroso, llamando para que me pusieran calmantes, cuidando de mí como una madre... Esos 2 meses nos han unido muchísimo.

Después de quitarme los puntos de sutura, me volvieron a escayolar como antes pero esta vez todo cerrado.

El primer intento de ponerme de pie entre Teresa y Manuel, fue un auténtico fracaso. Me pareció estar a 20 metros del suelo, eso junto con el dolor, hizo que me desmayara y tuvieran que acostarme a toda prisa. Otro bajón y otra crisis de lágrimas. Tenía 18 años y pensaba que me quedaría coja. Pobre Manuel que tenía que remontarme el ánimo... Me decía:

- Estás muy delgada, tienes que comer y coger fuerzas, sino no salimos de aquí, y tenemos proyectos...
- Pero si no tengo hambre, se me hace una bola que no puedo tragar.
- Eso es porque estás nerviosa pensando tonterías,  hazlo por mí querida, y empecé a comer el bistec que me traían a
media mañana (hasta ese día se lo daba a una señora que siempre estaba hambrienta). Cortaba trocitos pequeños, masticaba, cerraba los ojos y tragaba. "En casa lo hubiera devorado".
También tenía otras visitas, mis tías, hermanas de mi padre que apenas conocía, gente del pueblo que vivían en Lisboa, una tía de Manuel que me dijo: "Hija, he oído hablar tanto de ti, que ya te conozco". La tía Emilia y el tío Eduardo adoraban a su sobrino. Esos años en la Marina convivieron mucho y se tenían mucho cariño.

Mientras iban pasando los días, escribí a mi madre que cuando viniera a buscarme me trajera una falda roja con tirantes, confeccionada por mí poco antes del accidente, menos mal, porque el día que me dieron el alta, sin los tirantes, la falda se me caía directamente al suelo.

Después de 2 meses, 2 transfusiones de sangre y mucho sufrimiento para mí, estar siempre acostada en la misma postura... Me fui a mi pueblo. El viaje: una pesadilla. Eran unos 230 km sin autovía, parando en todos los pueblos, además de 45 minutos para comer.

Me salto un año, con 2 ó 3 viajes de Manuel al pueblo, sus cartas, el paso de todo el pueblo por mi casa, entrañables cada uno con un regalito.
Luego mi viaje a Lisboa para quitarme la escayola, vuelta al pueblo hasta que me llamaron para quitar la placa, que al final no se hizo, porque el jefe dijo que en la radiografía se veía que los huesos no se habían solidificado y que se iban a romper otra vez... Información que hizo que nunca más volviese y que, aún hoy tenga la dichosa placa con sus tornillos...
Manuel y yo habíamos planificado en el hospital nuestro futuro más inmediato.
Él me dijo:
- Mira querida, yo no quiero volver a cuidar cerdos ni nada parecido, ya conozco la ciudad y mucha gente aquí, no tendré problema en encontrar trabajo siempre que tú te vengas conmigo, ¿qué me dices?
- Que pienso igual, tenemos que buscarnos una vida mejor, somos muy jovenés para quedarnos ahí estancados, además si tenemos hijos quiero que puedan estudiar ya que nosotros no pudimos.
Nos besamos y dijo:
- Claro que tendremos hijos, por lo menos 10.
Puso cara de terror para hacerme reír, siempre me reía mucho con él, decía que le encantaba mi risa...
Por las noches, rememoraba todo para animarme. Pensaba, ¿qué tengo yo para que me quiera tanto? Habrá conocido chicas en estos 4 años lejos de mí...

El año siguiente nos "juntamos", según la regla absurda y ridícula que consistía en que el chico venía de noche a casa y la chica se iba con él a su casa. Al día siguiente se corría la noticia y ya eramos marido y mujer. Muchas parejas se hacían viejos sin casarse nunca.
Nosotros nos fuimos a Lisboa inmediatamente. Mi novio ya trabajaba de revisor en los autobuses y había alquilado una habitación en casa de una pareja mayor sin hijos. Extrañamente no había muebles, pero decidimos comprarlos, diciéndonos que cuando tuvieramos nuestra casa los llevaríamos. Manuel los pagó al instante, había estado ahorrando mientras vivía con la tía Emilia.

Yo empecé a trabajar para una boutique de bebés, me pagaban por pieza y bien. Fuimos tan felices, por fin estabamos juntos e independientes. Nos gustaban las mismas cosas, los libros, el mar, el cine, tenerlo todo ordenado y bajo control...

A los pocos meses, echamos el ojo a una casa. Fuimos a verla, era una casa de 3 dormitorios, salón, cocina y cuarto de baño, con un pequeño jardín  delante,  muy barata, porque la gente de repente solo querían pisos de reciente construcción, era como una moda.
A nosotros nos gustó, fuimos al banco a ver si nos hacían el préstamo y aparentemente no había ningún problema. Manuel tenía 23 años, estaba respaldado por una empresa fiable y un sueldo decente. Convenimos no decir nada a nadie por si acaso...
Yo no lo había pensado, pero mi novio sí.

- Mi amor, hay algo importante que tenemos que hacer antes. -Ante mi mirada interrogativa- Casarnos querida, si todavia me quieres, para que lo que compremos sea legalmente de ambos.

Nuestras madres pronto nos solucionaron el tema del papeleo, era fácil, habíamos nacido en el mismo lugar y bautizados en la misma iglesia... Marcamos el día y la ante víspera cogimos ese autocar que tardaba todo el día en llegar... Llevábamos un pequeño lector de música y una sola cinta. Aún recuerdo fragmentos de la misma canción que escuchamos varias veces compartiendo auricular.

Por primera vez hacíamos el viaje de Lisboa a nuestra tierra juntos. Felices e ilusionados nos pareció corto el viaje.

Esa noche dormimos en casa de sus padres. Por la mañana él se levantó primero que yo, aunque estaba despierta observándole mientras se vestía. Y cuando ya estaba listo, yo siempre tan discreta, como si supiera que era nuestra despedida, abrí los brazos y le dije:
- Ven aquí.
- ¿Adonde?-Ya poniendo sus mímicas.
-A mis brazos.
-¿Ahora?
- No seas tonto, solo quiero abrazarte.
Se tumbó a mi lado, nos abrazamos un momento, me acarició el pelo de esa forma tan suya, los dedos entreabiertos deslizando suavemente desde la raíz a las puntas, siempre varias veces. Me susurró al oído. "Te amo". Se levantó, y dijo en tono normal, guiñandome el ojo: "Nos vemos en una ó dos horas en tu casa".

*Pocas veces me llamaba por mi nombre, era "querida" ó "mi amor".


Luego me levanté, hice la cama y fui a la cocina a dar los buenos días a mis suegros, estaban sonríentes, contentos de  ver la felicidad de su primogénito (Manuel tenía una hermana y un hermano), ver que se casaba con una chica de la aldea que conocían de siempre. En esa época eso era importante. Ignorantes los tres de la tragedia que se nos venía encima. Me tomé un café con ellos y me fui a mi casa, al contornar la plaza donde se reunían los hombres, le vi de refilón saludando a todos.

Luego todo fue una pesadilla.
Pasaron las 2 horas y no venía ni estaba en la plaza, ni en su casa. Me dijeron que había ido en la moto de alguien a fijar la hora de la boda con el cura. Desde ese momento me puse muy nerviosa, no paraba de decir que no me lo creía, que mi novio no se hubiera ido a ninguna parte sin avisarme y mucho menos fijar la hora sin consultarlo conmigo. Nada era normal. Al rato dijeron que había tenido un accidente, yo cada vez más nerviosa, ya me dolía todo el cuerpo... Luego dijeron que había muerto. Yo estaba en la calle y vi a mis 2 hermanas pequeñas que bajaban la calle llorando... Se confirmó el horror, sin darme cuenta, no sé quienes me quitaban la ropa, y me vestían de negro mientras yo seguía diciendo que no era verdad, que quería verle.

Me decían que no le podía ver hasta el día siguiente, cosa que hasta hoy no entendí. No sé como pasé la noche, ni sus padres. Por la mañana, no sé como llegué al hospital que estaba a 8 km, ni quien venía conmigo, ni de sus padres y hermanos ni de nadie. Solo recuerdo su cuerpo rígido, sus labios helados, su pelo ensangrentado. Me vi cortando un rizo del pelo que estaba limpio, no recuerdo haber pedido tijeras pero pienso que sí porque todavia guardo ese cabello en el mismo papel junto con sus fotos.

Luego el cementerio lleno de gente, muy triste. Teníamos que estar en la iglesia casándonos y estábamos en el cementerio, él muerto y yo deseando con toda mi alma haber muerto con él. Me sentía tan, tan sola...

En ese instante dejé de creer en Dios.

Yo tenía 20 años y 4 meses y a Manuel le faltaban 4 meses para cumplir 24 años.

PD: Al final de ese año, con el primer dinero ganado en el extranjero, por intermedio de mi madre, compré el terreno donde estaba enterrado mi novio y le puse una lápida, que también eligió mi madre. Más tarde, cuando falleció su madre le cedí a la familia esa adquisición donde hoy reposan Manuel y sus padres. Mi padre estaba fuera, tanto cuando murió Manuel, como cuando me atropellaron.

Nunca supe por qué no llevaba casco ya que él era muy responsable ni porqué actuó de una manera que no correspondía nada de nada con su forma de ser. Ni la hora que había marcado para la boda porque ya venía de vuelta cuando se salió de la carretera en una curva y tenía que estar ahí esa piedra.

Creo que aún somos leyenda en nuestra aldea... 
http://adiliaaires.blogspot.com.es/2015/12/cartas-de-amor.html

(Escrito con la mirada)


2 ene. 2017

Una historia de amor (2ª parte)

Después de estas palabras, me quedé triste y pensativa. Manuel ya no pasaría en bicicleta por cualquier sitio donde supiera que estaba yo, solo para verme y saludar con la mano.

Entonces, allá por los años 60, si nos veían hablar con un chico en la calle ya eramos unas descaradas. Chungo lo teníamos...
Efectivamente Manuel me escribía a diario, cartas de 2 ó 3 folios escritos por los 2 lados. Recuerdo que me preocupaba el gasto que hacía en sellos de correo, le dije que no hacía falta escribir tanto pero él seguía...

Ese año en la campaña de recogida de la aceituna, no sé si 3 ó 4 semanas, había un chico de otro pueblo, mucho mayor que yo, que me perseguía día y noche. Literalmente era acoso.
Le cogí tal manía que estaba deseando volver a casa para leer las cartas de Manuel y decidida a decirle cuanto había pensado en él, en el último mes. Nos hicimos novios por cartas cuando yo acababa de cumplir 15 años.
 Oficialmente novios, cuando venía de permiso ya podía venir a casa y sentarse a mi lado, mirarnos y hablar sin intromisiones.  
Así estuvimos más de 3 años, viéndonos solo cuando le daban unos días de permiso. Tuvimos dos peleas por mi culpa, porque quería que viniera más a menudo. Aún sabiendo que no dependía de él, me permitía esas tonterías porque sabía que me aguantaba cualquier cosa. Justamente estábamos en una de ellas, cuando me atropelló un coche en Faro, donde estaba trabajando en las huertas. El coche iba a 120 km/hora y salí mal parada... Reboté sobre el parabrisas y caí a la carretera. Todos los que presenciaron el accidente, incluidas mi madre y mi hermana gemela, me dieron por muerta. Pero me desperté en el coche que me llevaba al hospital. Oía a mi madre llorar y decir que me habían matado, pero no podía abrir los ojos, ni hablar ni moverme, aunque intentaba hacer algo para que mi madre viera que estaba viva, no podía...

Estuve 3 ó 4 días en el hospital de Faro, donde no me hicieron nada para reducir la fractura de los 2 huesos de mi pierna izquierda, y donde las monjas me llamaban "niña mimada" por llorar de dolor y no tener ganas de comer. Eran malas.
Cuando mi madre, aconsejada por una chica del pueblo que trabajaba ahí, decidió trasladarme en ambulancia a Lisboa, las oí decir: "Vamos a lavar a la niña porque se va a Lisboa".

Llegué de noche al hospital de San José. En la puerta me esperaba mi tío, bombero voluntario de Estoril, que me animó mucho. Efectivamente, este hospital nada que ver con el sitio lúgubre de donde venía. Enseguida me hicieron radiografías, análisis, me inmobilizaron la pierna y me dijeron que había que operar, que no me preocupara que iba a quedar bien.
Recuerdo que me preguntaron mi edad y dije 18 años, se miraron y dijo uno: "Está aturdida, esta niña tendrá 14 años". No insistí, estaba agotada...

Mi madre se fue la mañana siguiente, tenía 6 hijos más que atender y sabía que mis tíos estarían pendientes de mí. Al otro día, a la hora de la visita, estaba mirando la puerta sin esperar a nadie, cuando le vi entrar... Impecable en su uniforme de marinero, venía hacia mí sonríendo y de repente me dió una llorera imparable. Manuel se sentó a mi lado, acariciando mi brazo, diciendo bromas, pero yo seguía sollozando, a tal punto que él fue a buscar a la enfermera, la encantadora Teresa, que desde el primer minuto se encariñó conmigo. Vino y dijo: "No le voy a dar nada, es bueno que suelte la tensión acumulada en estos días".
Sonó el timbre que avisaba a las visitas para salir y yo aún no había dicho nada... Manuel hablaba solo. Me dijo: "No llores más que voy a pensar que no quieres verme,  "sus ojos tenían un brillo extraño", pensé, va a llorar, tengo que parar....  Estás guapisima, creí que ibas a tener heridas y vendajes tipo momia, que cabeza más dura tienes... Por favor no juegues más al fútbol con los coches". Y me arrancó la primera sonrisa...

Menos mal que Teresa nos dijo que se podía quedar. ("Ahora que ya te ha pasado la crisis nerviosa").
- ¿Cómo sabías que estaba aquí, si llegué anoche? Ni siquiera pensé que supieses del accidente.
Evidentemente no había móviles, ni siquiera un teléfono en la aldea, la única manera de enviar una noticia urgente era el telegrama, y siempre eran malas noticias...  
- Querida, yo siempre sé lo que te pasa.  
- ¿Cómo? ¿Es que me tienes espiada?
CONTINUARÁ...

  (Escrito con la mirada)